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Opinión

El legado solidario, una figura por explorar en Colombia

Una invitación a explorar el legado solidario como una forma de financiar causas sociales y prolongar la generosidad más allá de la vida.

ADAlain Duport Jaramillo, Notario 67 8 de octubre de 2026 5 min de lectura
El legado solidario, una figura por explorar en Colombia

Desde hace algo más de un año hago parte de la junta directiva de la Fundación CINDES, y mi relación con ella tiene además una dimensión muy personal, porque allí estudia mi hijo Gregorio. CINDES lleva 53 años trabajando por la inclusión y el desarrollo de niños, jóvenes y adultos con discapacidad, no solamente desde la educación formal, sino también mediante programas de formación para el trabajo, emprendimiento, inclusión social y acompañamiento a las familias.

Cincuenta y tres años deberían ser suficientes para haber aprendido casi todo sobre cómo sostener una fundación, salvo, aparentemente, una cosa que sigue siendo particularmente difícil, conseguir que la caja alcance todos los meses.

Tenemos un patrimonio importante, una sede espectacular con capacidad para atender hasta 350 niños, niñas y jóvenes en dos jornadas y una institución que ha sobrevivido durante más de medio siglo, pero nada de eso evita que cada cierto tiempo tengamos que volver a preguntarnos de dónde saldrán los recursos para sostener una obra que claramente merece seguir existiendo.

Parte de la dificultad reciente ha estado relacionada con la situación que atraviesa el sistema de salud. Algunas empresas de ese sector que durante años fueron donantes recurrentes tuvieron que suspender sus aportes y la experiencia nos recordó algo bastante elemental, una fundación puede tener patrimonio, reconocimiento, una historia extraordinaria y una labor social indiscutible, pero la nómina, los servicios y demás obligaciones se deben seguir cumpliendo sin falta.

Todo esto me ha llevado a mirar con mayor atención la manera como otras organizaciones financian su actividad y he encontrado modelos muy distintos al que tradicionalmente conocemos en Colombia.

Hace poco conocí una fundación en Bogotá cuya labor con niños sin hogar recibe recursos de fundaciones, congregaciones religiosas, colectivos e incluso familias de Estados Unidos que, sin tener ninguna relación directa con Colombia, decidieron solidarizarse con su causa. También conocí otra organización que realiza anualmente una subasta a la que convoca empresarios y personas de alto perfil y que consigue recaudar, en una sola noche, recursos muy importantes para financiar buena parte de sus programas de todo el año.

Seguramente hay mucho que aprender de esos modelos, particularmente porque uno de los mayores riesgos para cualquier organización social es depender demasiado de uno o dos donantes, de un convenio público o de las circunstancias económicas de determinado sector. Diversificar las fuentes de financiación no debería ser solamente una estrategia de crecimiento, sino una condición para poder sobrevivir.

Pero hay otra posibilidad que recientemente volvió a llamar mi atención y que, por mi oficio, me resulta especialmente cercana.

Los testamentos.

En España y en otros países europeos existe una cultura más desarrollada alrededor de los llamados testamentos solidarios, mediante los cuales una persona decide destinar parte de su patrimonio a una fundación, una universidad, una obra social, la investigación científica o cualquier otra causa con la que pudo o no tener alguna vinculación durante su vida. En Estados Unidos esa tradición está todavía más arraigada y no resulta extraño encontrar edificios universitarios, bibliotecas, becas o centros de investigación que llevan el nombre de quien decidió dejar parte de su patrimonio a la institución que contribuyó a su formación.

En Colombia tenemos, además, un espacio jurídico mucho mayor del que muchas personas imaginan. Desde la reforma introducida por la Ley 1934 de 2018, cuando existen legitimarios (padres, hijos), la mitad de los bienes constituye la legítima y la otra mitad puede ser objeto de libre disposición por parte del testador.

Como notario he autorizado muchos testamentos y siempre me ha impresionado la particular dimensión humana de ese acto, porque una persona, con plena conciencia, decide en vida qué quiere que ocurra con una parte de aquello que construyó cuando ya no esté para verlo.

También debo reconocer, con la experiencia que da estar de este lado del escritorio, que nuestros testamentos no siempre están impregnados precisamente de espíritu franciscano. En algunos aparecen viejos afectos, pero también viejas cuentas por cobrar, preferencias entre hijos, heridas familiares y una que otra decisión que permite concluir que determinadas discusiones pueden sobrevivir al causante.

Tal vez por eso me resulta especialmente bonita la idea del legado solidario, porque introduce en el testamento una posibilidad distinta, que consiste en decidir que una parte de lo que acumulamos durante nuestra vida siga produciendo algo bueno cuando ya no estemos.

Una estrategia que se construye en el largo plazo.

Se trata de crear cultura, explicar la figura, generar confianza y permitir que quienes han acompañado una causa durante años sepan que también pueden incorporarla a su última voluntad. Una casa, un porcentaje de una herencia, unas acciones, una suma de dinero o cualquier otro activo pueden convertirse en educación, alimentación, terapias, formación para el trabajo o independencia para personas que probablemente nunca conocieron al testador.

Quizá las fundaciones colombianas tengamos que aprender a pedir ayuda de maneras distintas y, sobre todo, a construir relaciones más amplias y duraderas con quienes comparten nuestras causas. Cooperación internacional, redes de colombianos en el exterior, empresas, eventos, subastas, donaciones periódicas y legados testamentarios no son alternativas excluyentes, sino piezas de una misma estrategia que permita que instituciones valiosas dejen de vivir pendientes de cómo cerrar cada mes.

Después de más de medio siglo de trabajo, organizaciones como CINDES han demostrado que saben cumplir su misión. El desafío ahora es encontrar maneras más sostenibles de financiarla.

Y entre todas ellas hay una que me parece especialmente valiosa, porque permite que la generosidad tenga una vida un poco más larga que nosotros mismos.

Inspirado en el artículo de Eva Levy «La estela de Lady Di».

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